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viernes, 9 de mayo de 2014

LA MUERTE VIENE Y SE VA…CANTANDO






Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
este ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
estos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
este ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; este ha de ser
mi ombligo en que maté mis piojos natos,
esta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
(César Vallejo)

“No es fácil responder de qué forma lo he hecho, solo podría mencionar, como un rasgo entre otros de mi trabajo en este libro, que me interesaba indagar, desde la poesía, en cómo la poesía misma se pone en cuestión (como lenguaje, como discurso) al acercarse a situaciones y emociones límite como estas. Y uno de los aspectos que me interesaron fue preguntarme por las fronteras en que la poesía se enfrenta al riesgo de dejar de serlo.” [1]

Con estas palabras Luis Fernando Chueca (Lima, 1965) describe el temple que recorrerá todo el poemario que presentamos a continuación; ante el paso de la muerte, ante el paso de la poderosa muerte, todo queda temblando, tiritando desde sus raíces, nada se salva, absolutamente nada (quizás no sea coincidencia -ningún símbolo lo es-  que en el tarot la muerte represente un cambio). Todo se remece, incluso la poesía, la idea de la poesía, sus conjuros y sus límites, sus formas históricas y el tono que adquiere. En Contemplación de los cuerpos se nos invita a ser parte de esa catarsis, a recorrer juntos la experiencia misma desde la cual se está escribiendo; se nos muestra la herida desde la cual sale, caliente aún, la sangre y se vaticina que no cerrará jamás, que nos acompañará siempre. Como la herida de Aniceto Hevia, ésta no se borrará y lo que nos queda será aprender a vivir con ella, transformarla, representarla, cantarla. La ausencia se instala en el corazón del corazón y ya ni la poesía (en ese afán mesiánico que nos llega desde los románticos) podrá salvarnos, o quizás sí, la duda es constante, y esa misma duda atraviesa por distintos caminos, por diversos paisajes, la geografía textual de este bello y doloroso poemario:

          El poema que busca hundirse ritualmente en el misterio gozoso de la vida se estrella contra la única verdad de su reverso doloroso: ninguna representación de aquel que ha muerto alcanza siquiera un hálito del ser.

«“Entra”, me dicen». Nos dice el poeta, nos invita a pasar, a pasear, a recorrer junto a él el cúmulo de situaciones en las cuales la vida se estruja en su totalidad y desde su reverso más cercano nos muestra la costilla, los pliegues, la catarsis: la vida enfrentándose a la muerte (tópico architratado) a lo largo de la existencia, bajo distintas formas y desde distintos ángulos, en distintos tonos y distintas intensidades, por aquí, por allá, en todos los planos, sin importar el orden cronológico ni la instancia en que aparece. Hace ya casi dos siglos Baudelaire nos invitaba a recorrer las calles de Paris, a captar in situ, vagando y cazando, las distintas imágenes y símbolos que pronto serían capturados de manera magistral en sus textos; buscar la materia en pleno éxtasis, tal cual es, ahí, en el espacio público para luego hacerla fulgurar, renacer, reinventarse y llegarnos colgando en un verso, en una imagen más allá de la imagen. En el poemario que presentamos a continuación, el poeta nos invita a recorrer junto a él, tal cual un flaneur, las distintas instancias en las cuales la muerte se fue presentando, ir de la mano junto a él, no en el Paris del siglo XIX sino que en una Latinoamérica que en el siglo XXI aún no puede, ni sabe, definirse. Este poeta nos toma la mano y nos lleva a conocer la muerte en sus distintas manifestaciones, a contemplar los cuerpos que están ahí, en los brazos de otro estado. Nos invita a conocer las puñaladas de la ausencia y el látigo del poder enlazados a la muerte, a la ida del otro, del compañero, del hermano, del hijo, del abuelo. En un gesto vallejiano (el Vallejo de Los Heraldos Negros y Poemas en prosa, principalmente), nos abre las puertas de su casa, la intimidad doméstica, para universalizar un tópico que nos viene atormentando como civilizaciones sucesivas desde el inicio de toda voz, de toda palabra, de toda lengua: la muerte. En la pieza del abuelo, con la abuela de la mano, con 12 años, el desfile ha comenzado y el poeta quiere que vayamos junto a él. Caminemos juntos las posadas de la ausencia.

En cuanto a la estructura de este poemario, consta de una presentación, “Primera muerte”, desde la cual se nos abre el abanico para emprender la ida hacia otras muertes,  las cuales vendrán en los tres capítulos sucesivos, cada uno de estos capítulos iniciado con un poema escrito como tradicionalmente se ha entendido “un poema” ( escribir hacia abajo, en palabras, irónicas, de Nicanor Parra), para luego entregarse a una escritura en prosa, a un género propio del siglo XX, que en este siglo sigue adquiriendo fuerza, el poema en prosa. Género relacionado claramente con esa “posibilidad de la poesía de dejar de serlo”, que atraviesa el poemario.  Finalmente termina con un Epílogo, el cual da vuelta, en términos poéticos, narrativos, existenciales y hasta ontológicos, el relato que venía  arrastrándose hasta ahí, una vuelta de tuerca que, y a pesar de, nos invita a no perder la esperanza de cantar, no olvidar el Canto y seguir en medio de la vorágine con la voz alta, esgrimiendo un sentido, tejiendo un telar humano en medio de lo inhóspito, ir frente a todo, incluso ante la misma muerte, con la canción valiente, nueva, con la canción que anuncie que la poesía es posible aún, resistiendo a Auschwitz, a la represión de Fujimori, a la muerte del amigo o a la incerteza de escribirse frente al recuerdo del que ya partió. Cantar, cantar. Ir con los muertos de cada uno en la espalda y seguir cantando, con ellos, con nosotros, encontrarnos nuevamente en medio de la hemorragia de la cual aún venimos saliendo y volver a mirarnos, volver a contarnos lo que nos pasa. Cantarnos y contarnos. Sin miedo alguno. Poesía y comunión. Muerte y resurrección.

Más allá de la estructura formal, lo importante de este poemario es ir identificando como el poeta diseñó su arquitectura escritural, todo su edificio simbólico, cómo la forma y el fondo lograron esa unión sublime que suele darse en un verdadero libro de poesía, un esqueleto que se entrelaza en términos formales y en su misma forma reside la sustancia y el ritmo temático. Esto a propósito de que tanto su “Primera muerte”, los tres capítulos sucesivos, y su “Epílogo”, evidencian un paso, una metamorfosis de la experiencia mortuoria, la cual irá mutando y se irá agrandando en círculos concéntricos que nunca soltarán el hilo conductor que las lleva a todas al mismo lugar: el lugar de la ausencia y la posibilidad (o imposibilidad) de subsumir esa ausencia. En términos gráficos el paso sería el siguiente: en “Primera muerte” el poeta nos abre las puertas de su hogar y de su infancia, de su intimidad familiar y el inicio de las relaciones con la muerte. En el capítulo UNO la muerte aparece aún como una experiencia privada, cotidiana, se sienta en la mesa y nos lleva a un ser querido:

Él guardó los negativos de ese viaje adolescente del que queda como único testimonio la imagen que comento. Murió casi de golpe hace tres años: la piedra absoluta de la ausencia creciendo desde el centro de su cuerpo. Lo visitamos ―Pancho, Juan Pablo, Paco, yo― varios sábados seguidos pero no pudimos verlo. Lo siguiente fue el velorio y el entierro.
Para ellos escribo este poema.
para luego pasar, en el capítulo DOS, a ser una experiencia colectiva, una dimensión política desde la cual se puede entender la historia más reciente del país en el cual se inserta cronotópicamente el poemario: el Perú que aparece en los 90, el Perú del Sendero Luminoso y de la represión estatal que parece no tener fin ni escrúpulos, ¿les suena a algo parecido? Latinoamericanos todos. Latinoamérica desde la médula, ¿la Chakana encima de las cruces del poder?:

Ensayo esa misma frialdad documental en este poema y añado, sobre acontecimientos más cercanos: “Lo que quedaba de los cuerpos fue entregado a los familiares en cajas de leche Gloria. Poco antes se hallaron, enterrados, camino a Cieneguilla, restos de un maxilar superior y cinco dientes, el cráneo de una mujer con un agujero de bala, retazos de un pantalón calcinado y un juego de llaves, que permitió identificar a las víctimas y seguir la pista de los cuerpos embolsados”. O transcribo, en un nuevo giro, el comentario de un marino que explica que, a diferencia del Ejército, en su arma a los detenidos “los matan desnudos para que no los reconozcan, ni sortijas ni aretes, ni zapatos ni ropa interior. Y las prendas las queman”.

Finalmente se cierra el capítulo TRES, en el cual lo que subyace desde el texto es la duda constante ante la posibilidad/imposibilidad de representar la muerte, de poder acercar y hacer tangible, de carne y hueso nuevamente, al ser querido que ya partió, la impotencia de no poder hacerlo aparecer (más aún en Occidente), y la duda ante la poesía misma y su capacidad de superar ese abismo entre la representación y lo representado (por más kantiano que esto suene), entre la palabra y lo hablado, entre el Verbo y la Carne. Tres momentos de la experiencia ante la muerte, tres espejos desde donde mirar los anatemas posibles, tres dimensiones desde donde hincarle el diente a la realidad, esa realidad en la cual también es posible, realmente posible, perecer, transmutar, partir. Ser abono y ser nube. Relámpago y sillón. Cuerpo, idea…presencia y ausencia:

Si digo muerte, ¿alcanzo a reflejar el horror, la ausencia, la anulación de todo movimiento? Es el silencio que se tiñe de negro sobre la manta vieja de la historia, la plena absurdidad que recupera su única y privilegiada posición.

Por último, y luego de toda la mezcla, revoltija, anterior, celebramos este poemario, rescatamos y destacamos que no es una poética que se quede quieta ante una muerte inmaculada, omnipotente. Más bien es una poética lúcida, que asume la ausencia y el dolor desde el núcleo mismo, que recoge desde esa misma conciencia la posibilidad de ir más allá, de agarrar la vida desde la costilla y chupar toda la sangre, de saber que la muerte está ahí, presente y ante esa presencia debemos ser capaces de congregar la vida misma desde su fuente, su raíz, su átomo. Saber, desde un punto de vista ético y estético, que los muertos no serán devueltos físicamente con un poema (canción, película, novela, grafiti, mural, lo que sea), pero, y también éticamente, dar vuelta la tortilla y sublimar esa experiencia mortuoria acá mismo, en el suelo en el cual quedamos los vivos, los que nos nutrimos de estos seres que ya son luz y con, y por, los cuales cantaremos para siempre. Ante la muerte esgrimir vida, ante el silencio formar una voz, ante el tedio escribir poesía, ante el sinsentido recuperar el canto, ante la soledad tejer la comunión de lo cantado, ante la ausencia poner la vida como una transmutación de estados y posibilidades. Ante la indiferencia la convulsión creadora. Ante la muerte la vida.

Todos de las manos, los que estamos y lo que no, los que somos carne y los que somos energía. La mezcla, esa mezcla, ese híbrido que desde esa misma hibridez crea particularismos maravillosos, eslabones perdidos para la Academia de Occidente, esa mezcla de la cual sabemos bien acá en Latinoamérica. Esa Latinoamérica que doblegó a la muerte con el baile, con la danza, con el carnaval. Esa Latinoamérica que también está acá, en estos versos mortuorios. Bailemos hermanos. ¡Bailemos y cantemos! ¡Cantemos!
¡Cantemos!

     que el canto redime del horror
y de la fría voz de la impaciencia
acaricia el pecho desgarrado   
el cuerpo canceroso   
el agujero en el omóplato
como al desvelo de un sexo que se hunde sobre otro
en la más extrema perfección

golpea      rasga     desentierra

o arráncate los labios

pero canta.

LA VIEJA SAPA CARTONERA
OTOÑO DEL 2014




[1] Fragmento extraído de una entrevista realizada a Luis Fernando Chueca el año 2012. 

sábado, 3 de agosto de 2013

BASES PARA CONVOCATORIA/CONCURSO DE CUENTOS 2013





1.- Desde el jueves 1 de agosto del 2013 el concurso está abierto a todo aquel o aquella que desee participar. Esta es una convocatoria abierta y libre que se levanta bajo la convicción de llevar la creación literaria a todos los rincones posibles.

2.- Las obras presentadas deben ser inéditas y cada participante podrá presentar el máximo de un cuento.

3.- Para participar cada interesado(a) deberá enviar su obra al siguiente correo: laviejasapacartonera@gmail.com

4.- Las obras serán recibidas hasta el día 15 de Septiembre a las 00:00 hrs.

5.- No se aceptarán entregas a través de otra forma que la dispuesta en estas bases.

6.- Los resultados del concurso se conocerán mediante correo y publicación de los ganadores en la cuenta de Facebook para el día estipulado, fecha en la cual todos los ganadores habrán sido avisados con oportuna anticipación, sin posibilidad de conocer el resultado previamente.

7.- Los trabajos no serán devueltos a su autor y éste deberá ceder sus derechos de publicación a la La Vieja Sapa Cartonera. Claramente esto es una mala broma ya que somos una Editorial que no se rige por estas figuras propias de un sistema que busca individualizar y privatizar todo, acá apostamos por la creación colectiva al servicio de todos: un cuento no solo es de quien lo escribe, también de quien lo lee, incluso de aquel que solo lo ve pasar arriba de una nube o entremedio de los dedos del pie.

8.- La sola presentación de trabajos a este concurso implica la aceptación de las bases del concurso.


Especificaciones varias:


1.- La temática es libre.

2.- La extensión no debe sobrepasar las seis carillas, escrita a computador en formato carta (márgenes de 2,5 cm. superior e inferior y de 3 cm. a cada costado.) La letra debe ser Times New Roman, cuerpo 12 y espaciado normal. Las páginas deben ser numeradas. Todas las obras deberán tener título y nombre, el seudónimo es opcional.

3.- El premio será para 10 autores, los cuales serán publicados en una antología que constará de 120 ejemplares, reproducidos y distribuidos a lo largo de todo el país por La Vieja Sapa Cartonera. Además los ganadores recibirán dos copias del libro de manera gratuita.

viernes, 2 de agosto de 2013

Y LOS ZAPATOS SIGUEN COLGADOS EN LA MALDITA VENTANA (Prólogo de La Vieja Sapa Cartonera a "Antropofagia" de César Rey Marchant)







-          PRÓLOGO -

 Y los zapatos siguen colgados en la maldita ventana

“No existe una escuela / que enseñe a vivir”

Desarma y sangra, CHARLY GARCÍA


“[...] pero yo he aprendido que la escuela más útil para el entendimiento es la escuela de la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce y que enseña todo aquello que los libros no dicen jamás. Porque, desgraciadamente, los libros los escriben los poetas o los tontos.”

El placer de vagabundear, ROBERTO ARLT


¿Cómo resistir esta vorágine?, ¿cómo enfrentar lo trágico del día a día?, ¿con qué medios o herramientas darle cara al sufrimiento, al dolor, a la muerte, a la indiferencia, a la(s) soledad(es), al insaciable influjo destructivo del capitalismo y sus nocivos efectos en las almas desoladas, que no son otras que las clases desposeídas? ¡¡¿Qué mierda nos queda?!!... Pareciera clara y evidente la respuesta que traslucen los versos aquí antologados; pareciera que nuestro poeta nos abre una puerta gigantesca de posibles respuestas. Pero no. No hay otra respuesta que la que nosotros mismos podemos aventurar; no hay otra respuesta que vivir y morir en el intento. No es la intención de este prólogo analizar con detalle la obra que acá presentamos con enorme orgullo y felicidad (Sería “hacerle la pega” al lector); tampoco pretendemos ensalzar la poesía de este joven creador que hoy da cuenta de una voz renovadora y atrevida (Sabemos que el tiempo nos dará la razón en materia de reconocimientos). Lo que presentamos aquí no es más que la somera visión y posterior invitación de un lector ordinario que ha experimentado, en unas breves páginas, un cúmulo intenso de sensaciones: el dolor por una patria desgarradora, la atención obsesiva por lo cotidiano, la esencia ínfima de la aventura y la belleza del desarraigo, el dolor humano por la muerte terrena y la esperanza del futuro (re)encuentro, los espacios íntimos de la memoria y sus recovecos, y, por sobretodo, el amor incondicional hacia esa Emperatriz tan satánica como celestial, tan purificadora como criminal, tan virgen como puta, que es la Poesía.

“Agarro la vida desde la costilla” nos dice el hablante y junto a ello nos invita a sumergirnos en la caótica experiencia de la cotidianeidad: crear es vivir, poesía y vida se hacen una en esta lucha despiadada del día a día. Versos que nos duelen por su desgarrador sentido de la verdad. La poesía (y probablemente todo arte) nos duele y nos produce ese escalofrío inefable cuando está escrita desde un sentido de pertenencia, desde una verdad vivida, desde una experiencia notable de aquel que ha mirado de frente, cara a cara la realidad y ha tenido las herramientas necesarias para transformarla. Versos con ese “olor a vida citadina”, a la pestilencia propia de esas almas desoladas que pueblan un triste Santiago Centro, ese olor a los ancianos que se pudren en su casa en Quinta Normal esperando loablemente a la “Vieja Lacha”, el olor al paragüita que se consume en las bocas expectantes de los cabros en una cuneta cualquiera de un barrio cualquiera de un Maipú cualquiera. El poeta nos dice:

“La poesía es mucha cuando se inmiscuye
en los intersticios de la experiencia
y nos permite volver al lugar de siempre”

Es ahí donde reside la fuerza de estos versos osados, en esa capacidad rupturista de “hacer tira” un poema, de jugar con las posibilidades infinitas y desconocidas de la escritura: incrustarle titulares de noticias, jugar con un lenguaje esquizofrénico, desarmar mitos clásicos y chilenizar héroes griegos, jugar constantemente con ese capital cultural y popular que sorprende por su llegada inmediata y su sencilla comprensión. Todo esto enmarcado siempre por ese sentido de verdad, la defensa de la experiencia por sobre la creación por crear. No existe el arte por el arte, no hay nada parecido a «una obra de arte en sí misma»; el verdadero creador corajudo, atrevido y rupturista tiene plena consciencia de su época, de sus predecesores y de la tradición que lo antecede. Resuenan en estos versos las voces de Jorge Teillier o Nicanor Parra, de Pablo de Rokha o César Vallejo; riquísima tradición absorbida y reinventada por el poeta. Así, la poesía se configura como contestataria de la realidad actual en la que surge; responde a las necesidades propias de su contemporaneidad contextual: se enmarca, en definitiva, dentro de un tiempo y espacio determinados. Esto no impide, en lo más mínimo, que el poeta explore otros escenarios y quiebre, en el sentido huidobriano, todo sentido cronotópico: el acceso a mundos inestables de la memoria, la nostalgia de un pasado mítico que se intenta recuperar, ese lugar de origen al que siempre queremos volver y que sabemos que el único camino de vuelta hemos de transitarlo de la mano de esa Dama oscura y siniestra.

Un reconocido escritor nacional dio cuenta, alguna vez, de un efectivo consejo: “Utilicen sus heridas; escriban a partir de ellas”. ¡Y vaya que se evidencian en estos versos audaces y dolorientos! Somos cuerpos y almas descuartizadas, todos somos Hans Pozo (“todos somos…”, la frase de moda de las campañas seudopolíticas que intentan generar algo de consciencia). Desvarío, me desvío. El lector misericordioso ha perdonado peores. Retomo: Saltan a la vista, en estos versos, las heridas humanas propias del individuo que ha vivido tanto en tan poco, heridas que develan el dolor humano, el dolor por la pérdida, el dolor por el estado actual de las cosas y la indiferencia de aquellos que no velan más que por su propio devenir; el dolor de un país de mierda, hipócrita, resentido. Neruda estuvo cerca: “La poesía nace del dolor. La alegría es un fin en sí misma.”

 Pero no todo es lamento en esta poesía atrevida, en absoluto. La esperanza de la guerrilla, de emprender la batalla contra la indiferencia, nace del coraje, del simple atrevimiento de ser “pendejos zarpados”, de ponernos a gritar como enfermos. El grito ha de llegar hasta el oído más tapado en cerumen. Esa es la invitación: tomemos la pluma y lancémosla por la ventana, que vuele sola por todos los rincones de este mundo y de muchos otros. Gritemos lo que nos pasa, aunque sean muchos los que no quieran oír(nos). Gritemos la verdadera desgracia de nuestro pueblo; lloremos a los que no tuvieron los medios o el aliento necesario para hacerlo; celebremos a los que, desde el más mínimo gesto, fueron y han sido VERDADEROS REVOLUCIONARIOS. Así, este hablante, esta voz poética corajuda y sin miedos, se configura como la voz de toda una Generación indignada y subversiva. Pero también, es la voz de la esperanza, del renacer poético, del obrar, del crear, de la renovación: “Se hace necesario vomitar: / Como Goethe / también  odio de manera inconmensurable a los periódicos. / Creo necesario incendiarlo todo, / pero de una manera inteligente / no como el imbécil de Nerón. […] Una vez todo moribundo / esgrimir una impoluta canción / que busque algún atisbo de belleza / entre tanta raíz muerta antes de ser parida.” Poesía que apunta a la innovación, una invitación eufórica y enfática a mirar lo habitual desde otra dimensión, a reconstruir un País en cenizas y a crear como locos, como malos de la cabeza, como si nos fueran a matar mañana.

Un canto desesperado a tópicos reinventados: el amor, la amistad, la memoria, el viaje, la muerte, la vida. Todo conectado de una manera bellísima y cuidadosa, conexión que asombra por su simpleza y su tremenda honestidad. La esperanza de la No-Muerte, del Baile eterno, del Carnaval interminable, de la Fiesta que no acaba. La certeza ineludible del (re)encuentro con aquel que se ha extraviado de la vida de los vivos, pero que está siempre ahí, acechándonos con una mirada cómplice y una sonrisa irónica, propia del vaticinador: “Nos mataron el tiempo, Seba. / Pero nos dejaron vivos. / Vivitos y coleando / arriba de esta eterna piedra universal. / Y vivos  como quedamos / bailamos la noche sin tiempo.” La majestuosa belleza del lugar de origen, espacio mítico al que siempre hemos de volver: la Memoria. Retornar a nuestros sueños de infancia, sueños ingenuos y puros. Rememorar momentos de mínima felicidad: el dibujo animado que queríamos imitar, el primer seudo-beso, el primer seudo-amor, las ansias por completar el álbum de láminas y el anhelo por el escondite perfecto. Jorge González y la panacea de todo infante en busca de aventura: “Una casa en un árbol / donde no me encuentre nadie…” El hablante, por otra parte, reconstruye esta felicidad no como la pérdida de un tiempo mítico, sino todo lo contrario: la felicidad de un futuro venidero, el retorno al útero sacro, la esperanza de lo circular:

“[…] y que a lo único que no debemos traicionar
es a nuestra infancia

al niño que fuimos

a la casa que construimos en el árbol de la plaza
y fue nuestra patria,
nuestra ética

y fue también nuestra verdad.”

 Salta a la vista la complejidad y la variedad temática de los poemas aquí antologados. Parece reduccionista resumir todo lo dicho en una simple afirmación, pero hemos de caer en el error consciente de la cursilería y el cliché: La fuerza del amor por la creación artística trasciende toda indiferencia; es nuestro mecanismo de resistencia. Quién sabe, quizás algún día los versos que presentamos a continuación despierten el interés por la escritura en corazones furiosos y el amor masivo por esa Diosa olvidada pero nunca enterrada: la Poesía. Nunca está de más reiterarlo, compañeros: el grito ha de ser armónico, una sola canción mancomunada.   

LA VIEJA SAPA CARTONERA, Julio 2013                                                   

miércoles, 2 de enero de 2013

PRÓLOGO 'DEMOLIENDO TELES: poesía de cuneta' (Primera Antología Poética)



“A nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizarla”

(Palabras Urgentes. Manifiesto de Hora Zero)

     
            Hacer explícita la repugnancia que produce la Televisión desde el título mismo quizás no sea recomendable, quizás sea un riesgo innecesario, una ingenuidad romántica o  la valentía del infante en su primera gran aventura. Los intelectuales mirarían este gesto con esa cándida sonrisa de burócrata con que observan los fenómenos del “sujeto” los académicos especializados en “Estudios Culturales”; la dueña de casa se espantaría probablemente; los cabros de la esquina lo mirarían mientras se fuman su paragüita esperando que pase el día y luego pase la noche, y luego pase el día y venga la otra noche; el oficinista ni siquiera lo miraría, o quizás sí, ¿quién sabe? Quizás algún día esta misma gente, nuestras hermanas y hermanos, se aburran de pasear los domingos por el Mall y también se aburran de tener la tele prendida para disimular la falta de comunicación a la hora de once, tal vez algún día se aburran de buscar en los nuevos aparatos tecnológicos la afirmación de su <Yo>, que está al borde de un precipicio: pastillas y más pastillas, vacunas y disciplina, clavos y billetes, potos y tetas, tetas y tetas y más potos y carne en venta y más y más carne en venta. Quizás algún día nos aburramos de colgar, a como dé lugar. de la vida pequeñoburguesa (mucho más pequeña que la burguesía, claro está), ya sea con tarjetas de plástico o con el beneplácito de la indiferencia, ya sea al contado o en cómodas cuotas, en ropa de trabajo o quemándose a lo bonzo en la plaza pública. Ese día puede llegar, el ciudadano de a pie quizás ese día se canse de lo que sabe pero no asume, o mejor dicho, no quiere asumir: la cosa está mala para la gran mayoría. Pero ya no hay epifanía que valga la pena, sino sólo la que pone la voluntad en la Historia nuevamente. La voluntad es poner la mano en la mesa de la Historia y golpearla tan fuerte que sus pilares se vean removidos desde la médula misma. Si la creación no se dispara desde las entrañas y la vida no se hace la experiencia estética en sí misma, nada habrá servido.

          La poesía, en general, más allá de la lírica, puede volver a estar presente en las mesas, en la sobremesa y en el sueño de las grandes mayorías: subvertir la cotidianeidad, así como enseñara el gran Alonso Quijano, esa quizás sea la esperanza y la invitación que ponemos frente a los lectores al momento de invitarlos a navegar por estas páginas. Volver a encantarse y a encantar, saber que la vida puede ser mejor, que puede ser más digna y que la dignidad está también en la creación, en la búsqueda del diálogo desnudo con el otro, en el poema que nace arriba de la micro o en la bala que pueda destrozar los sesos del poder. La dignidad está en volver a creer y a crear.

           La poesía que presentamos a continuación busca recorrer esos intersticios de la vida social que quedan titilando ahí, en los espacios más íntimos e invisibilizados del día a día. Se presenta como una poética (sin que suene tan «parrianamente parrriano») “de la comunicación”, que no rinde culto a lo críptico en cuánto críptico, que ama a las Vanguardias pero no a sus hijos mal paridos, que no cree en Pequeños Dioses ni en comensales del Olimpo, pero que sí cree en la magia de la poesía, la magia de lo cotidiano reinventándose y negándose a cada instante. Volver a poner la poesía como ese espacio catárquico en que todo puede volver a temblar y ser distinto, en que la vida misma puede verse removida desde sus cimientos. Una poesía que no cae en el lugar común del Realismo mal aprendido, ni en el mesianismo medio ingenuo de corte romántico; una poética que sale a la calle y escribe desde la cuneta, no sobre ella, que conoce la plaza pública, ya que forma parte de su hábitat vital, pero que tampoco la enaltece de sobremanera, no peca de ese cinismo con que se mira al pueblo desde afuera como algo exótico y pintoresco: somos parte de ese Pueblo, de ese Pueblo que puede volver a amar la poesía y que quiera cambiar su vida. Una poética que tampoco lo denigra con la ignorancia propia del miope que no ha salido de su entorno inmediato, lo muestra, valga la perogrullada, tal cual como vive, y desde ahí lo mete a la licuadora poética, a la magia de crear desde sí y para sí, de ir y venir, escribir, soñar, escribir:

Co-consumen el olor a madera tostada / en los inviernos sin-permiso-policial. / El olor a paraguas ambulante fuera del metro: / Protectora de la infancia [ínfima] / de los infantiles soñadores / de jubilar su trabajo del jugar, / por el fabricar de los publicistas / pluri-cultura norte-ameraucana / para cholitos-centro-sur / con smarthphone garra-blanca.

          Tal como propone en su escritura El Canalla de Puente, desde la plaza (en este caso la Plaza de Puente Alto, en Santiago de Chile) levanta su repertorio y se deja sentir desde sus cuadras. Ese “ir más allá de lo cotidiano, pero desde lo cotidiano mismo” que dice Teillier.

            Pero así mismo, esta poética no se agota en la descripción y puesta en escena de la vida urbana en vivo, hay también un trastoque de los espacios más íntimos, ese tomar la vida desde la otra costilla y transmutar temas canónicos desde una nueva perspectiva.  (Re)tomar temáticas como el amor, la muerte, la angustia existencial, etc. desde nuevos rincones y ángulos, estrujar la tradición y jugar con ella, ir de frente a la vida y tomar cada uno de sus espacios como juegos interminables, rompecabezas eternos que nos convocan la infancia en cada lugar:

De forma distinta están aromados los viejos.  / Su sabor es dulce y fuerte como los higos / y otras frutas secas. / (Pequeñitos pájaros sin plumas: súbelos al nido)  / A ellos les gusta que las últimas canas les arranques  / y los hagas sonrojar  / —verse por medio segundo, lozanos— / dulces cascarones sobre las sábanas lisas / (haz memoria) : nunca les desprendas los calcetines  / (no hay que olvidarlo) y sobretodo  / cuando les hagas el amor, acarícialos / con dedo experto  / como si fuesen    taza de porcelana  / con evidente grieta, aunque aún de borde dorado.

            Adriana Tafoya plantea el tema amoroso, más allá de ser una temática architratada en la poesía a lo largo de la historia (occidental al menos), desde una posición bien particular: el amor y el erotismo que despierta y se renueva en la vejez. Reivindica ese espacio casi olvidado que es el amor y la sexualidad en los ancianos y, desde ahí, plantea un reclamo ante el olvido, ante el silencio mal entendido. Propone la vuelta de tuerca para abrir nuevos espacios, nuevas miradas y nuevos cuerpos presente en los textos, en la vida, en la poética, en el deseo. Los viejos pueden volver a amarse y a ser amados, ser objetos de deseo. Todo puede reinventarse, todo puede transformarse, todo lo sólido se desvanece en el aire diría Carlitos Marx y este poema lo plantea de manera magistral.

            En fin, las temáticas fluctúan y varían desde la vida en la plaza pública hasta el amor en la vejez, pasan por el entrecruce  de la historia de la poesía con los lugares citadinos que la rodean, como en Flor Piedrabuena o por la vida de la triste secretaria que debe cargar en sus hombros la montonera de prejuicios y cansancios que se dan en las oficinas de todo el continente: machos vacíos y carpetas llenas de nada, toqueteos infames y su propia coquetería al servicio de un bienestar intranquilo, una familia detrás muchas veces, niños que esperan su cuerpo para volver a reír,  tal como lo plantea de manera clínica Silvio Valderrama:

Se te tapa el sexo, secretaria, se te tapa la boca / el brillo de los ojos se te tapa / con ojeras, con arrugas,  / con lágrimas de rímel / con el sudor que mancha las axilas de tu blusa / que se queman entonces / de amarillas y se te vuelven  / a quebrar los tacos  / los tacos y los brazos de tanto andar.

             Un abanico temático amplio que se nuclea desde esa necesidad de volver a tocar todos los rincones de la subjetividad para subvertirlos y “ampliar las áreas de la consciencia”, como nos decía desnudo y extasiado el gran Allen Ginsberg junto a toda su pandilla beat recorriendo las carreteras yanquis. Las temáticas son tan múltiples al interior de esta Antología como lo es la nacionalidad de los poetas presentes: desde los rincones de este lindo país esquina con vista al mar que es Chile hasta la tierra fértil que es México, pasando por Perú, Ecuador, Honduras, más algunos residentes latinos en tierras norteamericanas, entre otros.  Hermanas y hermanos de todo el continente que presentan sus creaciones ante los ojos de todo este lado del planeta. Un nuevo boom latinoamericano, que son las Editoriales Cartoneras, al servicio de la lengua y geografía de esta tierra. Un gesto que busca pensar la cultura más allá de los Medios de Comunicación de Masas y los espacios undergrounds para eruditos y genios autodeclarados, un gesto y un espacio abiertos para salir de la apatía de las grandes mayorías y del reclamo snob y autorreferido de ciertos círculos “literarios”, para repensar la vida más allá de la Tele y del atuendo y para, finalmente, volver (si es que acaso alguna vez lo estuvo) a poner la poesía como un artículo de primera necesidad, no un lujo de castas ni menos como producto cultural al servicio de un Mercado que se devora hasta los mismos sueños de sus ciudadanos.

              La voluntad y práctica de fundir arte y vida, vida y arte, hacer del mundo un nuevo escenario transformando primeramente  el estado actual de cosas, incluido en ello la poesía. Esa es la esperanza y la rebeldía que presentan los versos y las imágenes antologados en este acuario poético que dejamos ante el lector. La apuesta ya está hecha: salir a dar la pelea y enfrentar el apagón cultural que aún heredamos desde la Dictadura, plantear con la frente en alto que podemos volver a soñar, que podemos crear y vivir la vida desde otro foco, que podemos ser valientes en lo cotidiano, no sólo en lo público, en lo privado con mayor urgencia, saber que  Poesía y  Revolución pueden ir de la mano, no una al servicio de la otra, sino unidas desde la matriz fundante de un nuevo pensamiento y una nueva forma de habitar el mundo, esa es nuestra jugada, en ella dejamos anclada nuestra fuerza y convicción. Sabemos que se nos ha entregado una catástrofe, sabemos que nada nos regalarán quienes ostentan el poder (ya sea económico, político, cultural, por sí solo o todos juntos), pero también sabemos que tenemos la belleza, la poesía, la imaginación y la fuerza a nuestro favor, y desde ahí nos ponemos a caminar. Desde ahí nacen las voces que hoy presentamos en esta Antología: DEMOLIENDO TELES.

LA VIEJA SAPA CARTONERA, Enero 2013

DEMOLIENDO TELES: poesía de cuneta (Primera Antología Poética)



















domingo, 7 de octubre de 2012

CANTO DESDE LO COTIDIANO (Prólogo de la La Vieja Sapa Cartonera para "Crónica del Forastero" de Jorge Teillier)




Somos los que viven
al otro lado del río o de la vía férrea…

(Crónica del forastero, Jorge Teillier)

La vida no era esa alienación del artista moderno separado de su origen y viviendo tras el espaldarazo de una posteridad oficial y alcanzable, sino algo que venía de más lejos y que había que rescatar desde el otro lado de la historia, el lado oscuro, obsceno, marginal, degradado, ajeno.
(Naín Nomez)

Bajarse del tren en la Estación Central para chocar directamente con la urbe, con todo el olor de esos bosques apocalípticos y genésicos, apolíneos y dionisíacos que solo saben dibujar los vientos del sur de Chile, en los bolsillos. Llegar a la Alameda con olor a vino en las muelas  y el terno viejo lleno de manchas púrpuras. Caminar por los Centros comerciales con todo ese  murmullo desolado que se deja sentir en  las  cantinas del Valle Central chileno, esa tierra prodigiosa que tantos y tantas poetas nos ha regalado. Toda esa dialéctica se configura de manera magistral en este poemario, obra híbrida de Teillier, donde el choque con la urbe se hace más palpable. Poemario de tránsito, su título ya lo dice: es la Crónica de aquel Forastero que deja físicamente la aldea, el Lar, para instalarse en los ruidos de la metrópoli, que se asienta de una manera particular,  no de cualquier manera, este habitante viene a instalarse en las orillas de la vorágine citadina, sujeto poético que narra desde las cloacas y observa sin ese afán romántico de eternidad y trascendencia la alienación de la que es testigo y actor, sujeto que a la vez se defiende construyendo un espacio propio en la memoria, asumiendo de antemano que esa memoria no le traerá de vuelta aquel paraíso perdido. Es importante tener claro esta apuesta, fundamental para entender la obra de Jorge Teillier al interior de la galaxia poética nacional.

Si bien este poemario es del año 1968, no se aleja de manera capital de toda la obra anterior de Teillier, se entronca –con diversos matices– en la poética que se hizo conocida ya en los años finales de la década del 50 con sus primeros libros, esa poesía lárica de la cual fue uno de sus mejores cultores. Esta poética es heredera, pero no la copia servil, de la marca que deja la poesía parriana en nuestro país; es, junto a Gonzalo Rojas y Enrique Lihn, una de las tres variantes más fértiles y originales que se hacen cargo de la desacralización de las vanguardias poéticas de los años 20’. Recoge, al igual que las otras dos, esa necesidad de religar el arte con la vida, esa necesidad de comunicación con el resto de los mortales y no el hermetismo del lenguaje vanguardista, ese sujeto en crisis y lleno de un escepticismo que no lo inmoviliza, pero que sí muchas veces sublima recurriendo a la ironía desesperada y al refugio en universos propios. La poesía de Jorge Teillier se enmarca en este contexto post-Parra pero de manera original.

Es una poesía que también recoge un lenguaje cotidiano pero que no se contenta solo con reírse de la tragedia cotidiana, no es solo ironía y un humor negro del cual Parra es un exponente notable, es una poesía que busca construir un espacio propio en la memoria, una poesía de muchachos que dejaron el mítico sur de Chile para sufrir los embates de la gran ciudad; son conscientes de ello pero buscan en la poesía esa posibilidad mágica de armar una balsa en medio del diluvio, un sentido dentro de lo absurdo, anclarse a un espacio propio en medio del turbulento tsunami que es la urbe. En palabras de Nomez es un “repliegue afectivo frente a un mundo adverso, repliegue que se resuelve en el refugio de un mundo aldeano integrado a la naturaleza que es solo una imagen desplegada en la memoria (…) Aquel paraíso perdido que ni siquiera la memoria es capaz de retener porque se convierte en pura imagen soñada.” (13) Vemos entonces un poemario que asume esa tensión y la narra desde una cotidianeidad que envuelve todos los objetos, todas las imágenes y todos los olores, una poética que no cae en el descriptivismo rural que se queda en la mera observación, Teillier penetra en los objetos desde su posibilidad mágica, esa posibilidad que lo consagra como víctimas de ser poesía y lo consigue: todo es poesía en Teillier, en este caso su viaje mítico, espacial y mental es cantado desde esa trinchera, la trinchera de una poesía que debe servir también para respirar.

Esta es la particularidad que pondrá el nombre de Teillier como referente inmediato de las próximas generaciones. Es simbólico ver cómo la poesía posterior, generación del 60’ y varios espacios universitarios mediante revistas (Arúspide, Trilce, etc.), tendrá como icono la poesía de este poeta solitario, que narraba sus historias de cantina en cantina y nunca espero nada. No fue un poeta funcionario, para tomar sus propias palabras, y vivió la poesía desde el día a día, desde la belleza y la oscuridad que tiene en sí mismo el pasar de los días. Un poeta que vio en la poesía la necesidad de respirar, de caminar con los suyos y brindar por lo que nadie brinda; un poeta que dejó su marca en toda la poesía posterior desde los gestos y gritos cotidianos.

«Un canto desde lo cotidiano». Así, con palabras sencillas, puede ser descrita esta obra del autodenominado “guardián del mito”, el verdadero “poeta de los lares”: Jorge Teillier. Un canto de amor repleto de imágenes nostálgicas de la memoria, el diálogo constante con un pasado mítico, idílico, que se intenta recuperar mediante la interiorización personal y el desborde sin límites de la imaginación poética. El recuerdo, la reminiscencia de espacios perdidos de la infancia, se configura, entonces, como uno de los motores fundamentales de este poemario y de gran parte de la obra teilliereana. En este poemario, en particular, el lector asiste a una mitificación del tiempo y del espacio cotidianos: una época, una juventud dorada que se pretende actualizar mediante el recuerdo, la trascendencia de lo cotidiano en la búsqueda de un ideal, una persecución irrefrenable, utópica, de una sociedad con memoria, la restitución de valores ya perdidos, y una caracterización individual de un Chile marginal.

No soñamos con ser médicos ni abogados, ni/ empleados de banco. Para otros está/ el pasear como tenientes con las buenas muchachas/ del pueblo (sin embargo, cuánto daríamos para que/ apareciera una mujer en el frío lecho de estudiante)./ Leemos a hurtadillas bajo el pupitre, o bajo las sucias/ ampolletas de las pensiones a Dostoievski, Hesse,/ Knut Hamsun… (Teillier, XIV)

Aquella nostalgia, aquel recuerdo inmediato de un momento particularizado de la existencia, aquella convicción idealista, aquellos sueños de antaño, aquel vivir apasionado con y por la literatura: todo confluye en la (re)creación de un vivir mundano que en la contemplación de imágenes espectrales trasciende lo cotidiano en pos de la constitución mítica de un tiempo añorado.

En términos espaciales, .la construcción poética del sur de Chile compone una escenografía mítica, dominada por lugares nostálgicos y por un profundo desarrollo de la contemplación rural. La vida provinciana como un “recuerdo inventado”, una ambigüedad entre lo real-mundano y lo trascendente-mítico, siempre en convivencia con el constante diálogo con los muertos, sombras espectrales de la memoria. Todos estos elementos confluyen en una mitificación cronotópica en Crónica del forastero, donde tiempo y espacio trascienden su aparente “cotidianeidad” alcanzando una dimensión mítica, sobrenatural, exótica y legendaria: “Los muertos quieren dirigirse a ti/ con los fríos peces de sus palabras./ Las alas de los tué-tué golpean ventanas./ Hay que ofrecerles pan y queso:/ ellos volverán a pedirlo/ transformados en hombre. (Teillier, IX).

Un poemario que gira entorno a uno de los tópicos más utilizados dentro de la historia de la literatura, pero que se actualiza de un modo a lo menos novedoso, configura un libro circular dominado por un constante deseo de retorno. El viaje como un tránsito, un eterno andar no sólo por los espacios físicos del territorio, sino también por los caminos más profundos de la memoria. Es en este viaje, en este eterno recorrido, donde afloran los recuerdos más íntimos del sujeto textual, el cual construye su propia identidad mediante un deseo imperante por volver al lugar de origen: “Ninguna ciudad es más grande que mis sueños./ Volveré al inviernos del sur…” (XI). Es en este tránsito –que va de la ruralidad del sur a la urbanidad de la capital– donde se genera el acto mágico y renovador de la socialización, el encuentro y el contacto personal con diversos “personajes cotidianos”, todos ellos seres marginales, pintorescos y vulgares: el pobre organillero, un militar jubilado, un campesino, el ciego de la guitarra, etc. La resolución aparente de este ansiado retorno conlleva un componente desolador, trágico: el influjo de la modernidad y la tecnologización de los pueblos. “Ahora,/ bosques quemados./ Tierra/ que muestran su desnuda y roja osamenta./ Faltan madera y trigo/ Sobran radios portátiles/ y hoy día tenemos televisión.” (XXII). A pesar de esto, un rayo esperanzador que da cuenta de la resistencia y el mantenimiento de la ruralidad ilumina el territorio de los pueblos: “Sin embargo,/ la tierra permanece.” (XXII).
Señala Roberto Arlt: “Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador”. Condiciones que en  el “soñador” Jorge Teillier saltan a la vista.

En suma, esta obra refleja el objetivo estético-artístico de la poesía de Jorge Teillier, una poesía que como él mismo señala busca “superar la avería de lo cotidiano” desde lo cotidiano mismo, en la persecución eterna del fin poético central: “transformar la poesía en experiencia vital”.

LA VIEJA SAPA CARTONERA
Octubre, 2012